lunes, 20 de diciembre de 2010

El exorcismo

Noche de un domingo caluroso. Una noche propicia para el silencio y los grillos, que sin embargo es invadida por una voz. No una voz mística; una voz de locutor, una entonación parecida a la de un relator de fútbol: un pastor evangélico, o de alguna religión similar, propalando sus fórmulas. Esas que conozco tan solo por la televisión. Habla por un micrófono y unos parlantes reproducen claramente esa voz que, deliberadamente, llega hasta todas las casas del barrio. No puedo saber de donde viene, pero no puede ser muy lejos. Repite cada treinta segundos “Dios los bendiga” o “Alabado seas”. Imagino que lo deben estar escuchando una centena de tipos, sentados en sillas plásticas, atrapados por ese discurso fanático, emocionante, vibrante. -Alabado seas, señor- vocifera, y yo, que escucho todo desde una reposera en la vereda, imagino a cientos de tipos repitiendo, alabando al señor con toda su alma, y al Señor aplaudiendo con las manos alzadas, en gratitud a esos fieles, como Maradona cuando se iba de la cancha ovacionado por la doce. De repente, la voz anuncia lo inimaginable: un exorcismo de cuerpo presente. Me enderezo sorprendido sobre mi asiento y me doy cuenta de que voy a escuchar una suerte de relato radial de un exorcismo. Hay unos preámbulos que no vienen al caso, hasta que finalmente el futuro exorcizado – en adelante: el poseído- sube, imagino, al escenario y empieza a recibir los pases del pastor. El pastor empieza con una oración. Conmina a sus seguidores a repetir al unísono con él. Mucho Jesús de Nazaret, mucho espíritu santo, hasta que súbitamente ladra: ¡Fuera Satanás! Literalmente: ladra. O gruñe. Suena a ladrido de caniche enojado: -¡Fuera!- No puedo evitar cierto estremecimiento -¡Fuera Satanás, no te queremos!- Y yo imagino a Satanás saliendo, furioso, tal vez a medio vestir, de un cuerpo, a menos de cinco cuadras de mi casa. Busco refugio en el porche, no sea cosa que ese Satanás desalojado, en estos tiempos de ocupaciones intempestivas, me elija como nuevo alojamiento tan solo por estar curioseando al fresco en la vereda. El pastor repite cosas que –ahora desde el porche y con la puerta cerrada- no alcanzo a entender, que siempre terminan con “Jesús de Nazaret”. Me parece una obviedad: aunque hay muchos Jesuses –Dátolo, por ejemplo- está claro que en trances como ese se convoca al oriundo de Belén pero radicado en Nazaret. Y aparentemente el crédito de Nazaret se impone en la batalla interna del poseído. La voz alcanza un clímax, los ladridos van dejando lugar a una entonación más calma, casi canchera, sobradora: Satanás aparentemente raja, molesto por el escrache público realizado en la puerta de su embute privado.

Ahora van por otra cosa: un tipo cuenta un accidente, una lesión en la columna. Los médicos auguraban pronósticos funestos. No es necesario que explique quien acertó la terapéutica: el tal Jesús, el Nazareno. El pastor reclama: - ¡Fuerte ese aplauso!- pero desde casa el aplauso no se escucha. Desapruebo la organización del evento: después de un exorcismo, un milagro traumatológico de segundo orden sabe a muy poco; el show debió cerrarse con la fuga de Satanás. Desde casa, solo me queda imaginar: la pasión exaltada, las manos unidas, las almas hermanadas, alguno con los ojos cerrados entonando a boca llena una alabanza, un salmo o una cumbia religiosa. Debe ser una experiencia religiosa, como dijo Enrique –casualmente- Iglesias. Pienso que ahí, a cuatro cuadras de mi casa, en esos espíritus que arden de amor y veneración ante el ungido, debe estar la verdadera iglesia, la que no tiene nada que ver con Enrique ni con esos templos fríos y oscuros, solemnes y llenos de imágenes mortuorias que me toca visitar, muy de tanto en tanto, para algún casamiento o comunión. Ahí, en esos tipos que se hacen propiamente rebaño, gregaria oveja entregada mansamente a la conducción omnisapiente del pastor, ahí debe estar la iglesia, en esas cumbias que hacen alegría popular la adoración y el credo, en la fe ciega, en la elección de tener una fe absolutamente ciega. No en esas ceremonias en las que se entona el padre nuestro a media voz, en que los curas miran el reloj porque vienen atrasados y todavía le quedan siete casamientos por delante, en esos tipos que te cobran diferente según la cantidad de temas que te pongan o si se decide acompañamiento de órgano. No: eso no puede ser la iglesia de Cristo, o yo leí todo mal. En esos templos céntricos, que comparten manzana con la municipalidad y el banco, no está. Es más probable que esté ahí, donde pisan esos rostros cobrizos, en esas catacumbas invisibles sepultadas por la indiferencia o la discriminación, por el desprecio racista o de clase, que se escandaliza porque a esa gente –dicen- les roban el dinero los pastores, que le exigen diezmo de sus míseros presupuestos personales para sostener la iglesia. Es probable. La iglesia oficial, la “bien”, recibe fondos de ese gran feligrés que es el Estado. Pero eso no se dice, más pertinente es escandalizarse por esos pobres miserables que entregan sus monedas a la iglesia extraoficial ¡Ah, la modernidad! La gran batalla perdida de la Iglesia Católica. Qué lindos, rectos, naturales, debieron ser los tiempos del medioevo, cuando los feligreses lo daban todo por temor a la furia de Dios o al hierro bermejo y ardiente de la inquisición. Ahora la gente dedica apenas la inútil mañana ociosa del domingo a su fe. Viejos que no pueden dormir hasta las 11 por molestias en la próstata gastan el tiempo en una breve misa. Ahora la gente no quiere poner un mango. Consagra a Dios su vida, pero jamás su billetera. Los pobres miserables si, son capaces – sabiamente- de dar hasta el último penique con tal de asegurarse un plácido descanso eterno en los prados celestiales del Señor. Si, la modernidad fue la gran batalla perdida de la Iglesia. Al menos zafaron del comunismo ateo. Al fin y al cabo, resignando algunas nimiedades, con el capitalismo se pudo finalmente hacer una beneficiosa sociedad: la sociedad occidental y cristiana abrevó tanto de los evangelios como de Milton Friedman. Quien sabe, en el futuro, así como aceptaron el liberalismo y la razón y hasta la ciencia, puedan casar a dos homosexuales. Tal vez medien ante Dios por algún divorcio, para que Él separe lo que Él unió. Quizás en unos 20 o 30 años le den la extremaunción a cilíndricas blástulas, moruladas mórulas o milimétricos fetos en el momento de un aborto. Todo es negociable con tal de perdurar y facturar.

La prédica del pastor termina con aplausos, que ahora si escucho. Imagino la desconcentración feliz, alegre, de mil espíritus repletos de fe que volverán a sus humildes casas. No creo que Satanás tarde mucho en pescar a alguno de estos inocentes mientras esperan el colectivo: en algún alma Luzbel pasará esta noche, porque no acostumbra dormir a la intemperie.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Crímenes, Procesos y Castigos

Dos libros, separados en mi vida por más de quince años. De uno, he olvidado la mayor parte de sus hechos y acaso recuerdo tan solo lo insustancial; el otro, lo terminé de leer recientemente. Los dos refieren la locura, la ansiedad del perseguido, la opresión del hombre ante la ley. Uno, definido de psicológico; el otro, netamente onírico.

Rodion Romanovich Raskolnikov decide asesinar a una vieja usurera de riqueza ofensiva. Lo hace convencido de que tal crimen no representa una merma para la humanidad: la vieja es un ser deleznable que nada en el dinero y él un hombre superlativo que tiene derecho al crimen y a la absolución. Su condición de superhombre lo vuelve ajeno a las tropelías punitivas.

Joseph K… despierta una mañana en la habitación de su pensión y descubre que esta vez no es cucaracha si no procesado. Burócratas insolentes lo juzgan sin explicaciones. Le anticipan su desgracia sin darle detalles ni justificativos, ya que eso pertenece a entidades superiores ajenas e inescrutables.

Rodion transcurre sus días entre temores y paranoia: teme menos la delación que arrostrar el remordimiento de su propia culpa. Intenta justificarse a si mismo los hechos, mientras esconde a los demás su culpabilidad. Josep K… se ve involucrado en su proceso por la fuerza de agentes externos: la vergüenza de su familia ante el proceso es más fuerte que su propio interés en el asunto. El uno se sabe culpable, pero a la vez se convence de ser inocente, el otro no puede asegurar ser ni una cosa ni la otra.

Ambos conocen el castigo antes de que se concrete la sentencia: Rodion escapa frenéticamente, Joseph se entrega sin más resistencia que su incertidumbre.

Los dos reciben finalmente una sentencia completamente prescindible.

domingo, 17 de octubre de 2010

Los sueños de Juan Díaz

Después de un almuerzo brutal de bifes, huevos fritos, flan con crema y vino tinto, sin tan siquiera un café que compensara lo soporífero de semejante sobrecarga alimenticia, a Juan Díaz le fue entrando una modorra inexpugnable. Pagó, dejó una modesta propina proletaria, y se fue caminando a la pensión, mascando un escarbadientes, barruntando las desventajas de no tener un auto y maldiciendo sin mucho entusiasmo a los médicos que aconsejaban la caminata después de las comidas como una fórmula salutífera. Al llegar a su pieza, se dejó caer como una inerte bolsa de huesos sobre la cama de sábanas revueltas y se durmió rápidamente, con un último pensamiento acerca de lo pertinente que hubiese sido lavarse los dientes. Ya profundamente dormido, se soñó echado sobre la hierba de un parque, donde unos pibes pateaban una pelota entre gritos entusiastas y reclamos airados por un gol no sancionado. Paulatinamente, los sonidos en el sueño se fueron haciendo confusos, apagándose lentamente, hasta desaparecer. El Juan Díaz que soñaba Juan Díaz se quedó dormido; lo que es lo mismo: Juan soñó que se dormía. Y en ese sueño dentro del sueño, soñó que estaba en un cine, viendo una película donde unos simios llenos de lascivia corrían a una mujer desnuda. Pero fue poco lo que vio, porque volvió a dormirse, justo cuando un mono –que era Juan, pero esto es accesorio en esta historia- se detenía en un teléfono público para hacer una llamada.

La conciencia siempre se filtra en los sueños; aún en el sueño más absurdo, hay un rescate racional que nos dice que el disparate en curso es imposible: Juan supo que soñar que se dormía y soñaba que se dormía y soñaba, era algo inaudito. Pero entonces ya se perdía en un nuevo sueño, en el cual, sin demasiadas vueltas, se dormía de nuevo, aparentemente, en un colectivo. Y soñaba: esta vez con una verdulería donde se vendían perros de verde achicoria, pero allí mismo –entre los cajones de madera cargados con perritos caniche de achicoria y puerro- se dormía de nuevo. Ahora para soñar que –directamente- se dormía y soñaba que se dormía y, en fin: como un espejo enfrentado con otro, cada sueño memoraba vigilias breves y variadas donde el sopor ganaba indefectiblemente y sobrevenía un nuevo sueño. Imposible saber cuantas veces soñó Juan que se dormía, lo cierto es que, de un momento a otro, pareció despertar.

Es necesario hacer esta descripción tediosa de aquella siesta de Juan, porque fue el hecho capital que alteró su vida hasta el final. Un bife y un huevo frito y un flan no son nada especial en la vida de un hombre; no es nada importante el vino tinto, pero cuando anteceden a una vivencia tan confusa y extraordinaria, merecen -al menos- la sospecha: cuando despertó, Juan decidió inmediatamente convertirse al vegetarianismo y a una vida estrictamente abstemia, al menos en lo referente al vino tinto. Estaba transpirado: la conciencia, ofendida en su racionalidad lineal y luminosa, había estado trabajando su cuerpo, escandalizada por esos arrebatos oníricos inconcebibles. Se levantó de la cama confundido y tensionado. Miró alrededor, estupefacto, incrédulo. Estúpidamente, se pellizcó el antebrazo, que es donde se pellizca la gente que sospecha estar soñando. Salió de la pieza ensimismado, sin siquiera saludar a doña Algañaraz, que fregaba los pisos de la recepción con un solvente pestilente y ofensivo. Ganó la calle. Desabrigado, tuvo frío en esa tarde noche de septiembre, pero no dejó de caminar por varias horas, vagando sin rumbo por avenidas desconocidas ¿Aquello que vivía -ese colectivo que cruzaba la bocacalle, esos pibes que jugaban a las figuritas, ese jacarandá que se mecía suavemente por el viento, ese viejo que mateaba en la vereda, ese olor a puchero que salía de una ventana, ese ciego que esperaba un alma compasiva que lo cruzara a la otra vereda- eran la vigilia real y concreta, material y efectiva, o la ficción de un sueño esperando fenecer al llamado del despertar, apenas una quimera dentro de un sueño, de otros sueños? Atemorizado, pasó dos angustiosos días sin claudicar ante los aprontes del cansancio que lo conminaba a dormirse nuevamente, hasta que su resistencia cayó vencida en un sofá de la casa de su madre. Cuando despertó, tampoco supo si seguía soñando.

Aturdido por el trance, pergeñó una huida al Tíbet, pero lo magro de su presupuesto apenas alcanzó para costear un viaje a Goya, Corrientes, adonde viajó con la convicción – o la esperanza- de que el contacto con la naturaleza despejaría sus dudas. De más está decir que fue un vano trajín, pero el clima correntino le vino bien a sus huesos friolentos y decidió quedarse, sin dar demasiadas explicaciones a sus amigos y parientes que lo reclamaban en Buenos Aires. Allí vivió hasta el final, con escasos instantes memorables y sin alcanzar a despejar la duda que lo aquejaba desde aquella siesta fatídica. Una tarde besó dos labios suaves como pétalo de rosa en una joven hermosa como la niñez. Otra, jugó un picado memorable, lleno de goles y lujos, donde ganó palmadas y felicitaciones, haciendo un gol de rabona. Una noche bailó chamamé exquisitamente, hasta caer exhausto, convencido de que los sueños y el baile están emparentados por ser distintas formas del trance. Cazó un tapir y luego tuvo pena, se quebró un brazo y fue enyesado. En cada uno de estos hechos modestamente extraordinarios, creyó adivinar que finalmente soñaba y que faltaba poco para despertar, aunque la monotonía de días ulteriores se encargaba de dar por tierra con sus esperanzas.

Una noche cualquiera, a los 44 años, Juan sintió un dolor punzante en el pecho y supo que se moría. Se arrodilló en la cocina y buscó apoyo en la heladera. Con la vista nublada, miró aquel mundo que se iba. Añoró intensamente, llena su alma con una última esperanza, que aquello fuera apenas un remedo alucinado de la muerte. Que tras el dolor y el apagarse, sobreviniera la pieza húmeda y calurosa de la pensión de Buenos Aires, para volver a comenzar la vigilia, o algún otro sueño en la cadena ascendente hacia el despertar. Juan quiso que los roles se invirtieran y que la muerte -hermana del sueño- fuera tan solo el preludio del despertar. Lo enterraron al día siguiente, sin velorios ni aspavientos. Su cuerpo descansa en Goya; quien sabe si aun no añora despertar.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Sueño

Si un hombre se duerme y sueña que se duerme, y en el sueño de ese sueño, sueña que se duerme, y en el sueño del sueño en el que sueña que duerme, vuelve a soñar que duerme... ¿Qué podrá decir, ese hombre, que ha soñado?

martes, 24 de agosto de 2010

Verano

Tarde de verano en Bahía Blanca

Tarde de esperanzas fulminadas
El filo del horizonte
degüella un sol punzante en mis pupilas

y yo que soy apenas y empecinadamente yo
y mi cara de otario
y un mate lavado y frío
y el sudor secándose en la camiseta
(en la terrenal camiseta que atenta contra todo afán poético)

El labio es un colgajo de pasiones mustias
bufando su silencio
desmemoriado
se olvidó del anhelo
y del olvido de ese anhelo
Ahora chupa mate
y pita un cigarrillo de pena empantanada
de pifias

No me canta ni el canario presidiario
Ni el libérrimo zorzal
Ni la burlona calandria
En suma: a un ñato de camiseta sudada
que pastorea ociosamente los canteros ardientes del verano
No le cantan los pájaros
es sabido

¿Qué era que soñaba?
Esa tarde yo me había llegado a esa vereda
A ver si afinaba un poco el eco de un dolor
Y terminé ensillando un mate amargo
y apagando el pucho con la punta de la chancleta
haciendo unos semicirculitos en la baldosa ardiente
que (si los mirás bien)
se parecen a ese olvido que te contaba



Una tarde o un sueño, en verano, con Fede Zubinni

Escupíamos
unas largas estelitas de saliva
que se evaporaban en el cordón de la vereda
y meábamos
(que será muy vergonzoso, pero es cierto)
contra la pared de una casa
donde presuntamente vivían unos viejos
que hacían la larga siesta aun más silenciosa y tediosa
y mirábamos como la meada corría
por las canaletas que unen o separan las baldosas

Él me dijo: que va a hacer
Yo le dije: es así
Él (que tenía una camiseta raída
por las polillas o por la desidia
y que comía una mandarina)
me dijo: y si
Yo le dije: estamos haciendo mierda la poesía
Y mi gesto adusto y mi alarma no le gustó,
Porque me dijo: Yo también estuve enamorado
Ajá, le dije yo
Si, me dijo él
Y después de un silencio respetuoso,
monologó:
“Tuve una percanta que era un primor,
la flor más linda de mi juventud.
La mimaba como a un gatito,
Y se me fue”
¡Ingrata!, vociferé
Ajá, dijo él
Y nos quedamos callados,
Hasta que la vieja levantó la persiana y hubo que darse a la fuga.
Justo cuando empezaba la poesía.

sábado, 3 de julio de 2010

Pena

Se escribe así, con la herida todavía abierta, con una emoción que no encuentra cauce ni contención, con palabras vanas para atravesar estas horas espantosas. Se escribe así, porque el análisis frío no sirve para nada, es pura vanidad, es futuro en un momento en que hay cierto regodeo masoquista en el dolor, cuando algunos nos queremos quedar prendidos aunque sea un rato más a la ilusión despedazada, a los añicos de la gloria y la esperanza que fulguraba hace unas horas. Se escriben así esta bronca y estas lágrimas contenidas: para adelante quedan cosas que todavía no me interesan.
Diego tenía que ganar. Había un mensaje de revancha postergada, de gladiador con mil cicatrices que volvía a la arena con conocimiento del Cielo y el Hades, de la oscuridad y la luz. O un hombre, apenas, pero un hombre hecho mensaje de la humanidad toda: se puede caer y volver, siempre se puede volver a empezar y, sobre todo, siempre vale la pena el coraje.

martes, 8 de junio de 2010

Poema palidrómico número 10

Osó, claro, Maradona no dar amor al coso
Ergo, no cita Pele, el hepatico nogre
En orgia, ¿la mama mal, ahí, grone?
Ya, Greno: Pibe debutar a tu ¿Ve? Debí poner gay

domingo, 25 de abril de 2010

miércoles, 7 de abril de 2010

Mundial 94

La vida de un hombre no es un continuo, si no más bien una sucesión de estadíos ninfales específicos, particulares y sucesivos, más allá del remanente estado de conciencia de uno mismo que se sostiene a lo largo de toda la vida y de los recuerdos – y la influencia de estos- en las etapas sucesivas del vivir. En la vida de un hombre argentino, hay una etapa única en la cual el mundo se concentra alrededor de una pelota de fóbal: yo tuve la suerte o la desgracia de haber vivido esta etapa alrededor del mundial de 1994.
Ese mundial llegó con el antecedente de dos copas Américas ganadas contundentemente, que junto con el subcampeonato en Italia, configuraban la imagen de una selección nacional ganadora. Además, el equipo de Basile tenía un invicto, de relativo valor, de más de 30 partidos. Todo eso se desmoronó con dos colombianazos (también recordados como los “porongazos colombianos”) inolvidables. El primero sirvió para dejar atrás ese invicto de morondanga: 2 a 1 en Barranquilla. El segundo fue historia: cinco pepinos en el monumental y el inicio del ocaso del Goyco y el pasaje al repechaje gracias a un gol sobre la hora de Perú contra Paraguay. De repente, casi sin darnos cuenta, los subcampeones del mundo y bicampeones de América se comían sopapos de todos lados. Ruggeri, por lento, Goyco, por morfa amagues, Batistuta, por bruto y por no amagar como Valencia, Redondo, por amargo. De golpe, nos volvimos a acordar de Maradona (que el día del 5 a 0 había estado en la tribuna del monumental).
Cabe recordar, ahora que la idolatría del 10 no tiene medida y cuando muchos creen que Maradona fue siempre el de los “highlights”, indiscutible y siempre genial, que cuando el 10 jugaba en el Sevilla (post- dopping napolitano) nadie le pedía a Basile que lo convocara y que estábamos convencidos que Leo Rodríguez o hasta el Cholo Simeone podían llevar la camiseta 10 sin problemas. Después del Colombianazo, Diego reapareció y Basile, que no lo quería convocar, lo tuvo que llamar para ir a Australia. Más tarde llegaría la primera “gran adelgazada” del Diego, su vuelta a Ñuls, el centro a Balbo, la clasificación, y más tarde nueva crisis con abandono de Ñuls y balinazos a periodistas, nueva obesidad, y nueva aldegazada, para ir al mundial hecho un pibe. Se hablaba entonces de que Diego estaba flaco y además – a diferencia de lo que había ocurrido en la vuelta a Ñuls – musculoso, fuerte, picante. No se hablaba, todavía, del “polémico” fisicoculturista que lo entrenaba, llamado Daniel Cerrini. Se reconocía que Diego no tenía el “pique corto” del 86, pero se elogiaban su experiencia, la precisión de sus habilitaciones y su influencia en el equipo. Todas estas estupideces estaban a la orden del día y llenaban los programas y las revistas mundialeras que yo frecuentaba.
De la previa de ese mundial no recuerdo demasiado. Se que jugamos el último partido contra Israel porque era cábala, y ganamos.
Ese fue el primer mundial “TyCsportizado”: Paenza, Macaya y Araujo lo seguían al 10 a sol y sombra. Todos tenían la gorrita con publicidad y jetoneaban delante de las cámaras. Había vuelto Cani, y Balbo jugaba insólitamente de… ¿nueve mentiroso? ¿ de qué carajo jugaba Balbo? La cuestión es que teníamos un equipazo, que se comió a Grecia como a las primeras peras, para que todos supiéramos que al Bati no le quedaban grandes los mundiales y que el 10 seguía siendo el mejor.
Ya para ese mundial yo era más independiente y me podía ir a ver los partidos con amigos. Naturalmente, después de la goleada, una casa se convirtió en cábala hasta el final y vimos todos los partidos en el mismo tele, la misma mesa y las mismas ubicaciones (como casi todas las cábalas, no sirvió para una mierda, pero nadie puso demasiado énfasis en remarcarlo). El gol de Diego lo grité como nunca. Estaba loco, no podía creerlo. Miraba el tele, el grito a la cámara (en eso fue pionero también) me conmovió. Todavía me pregunto por qué me emocionaba tanto ese tipo. Que carajo es el carisma. Que tenía (y tiene) Maradona, para que yo gritara ese gol como si fuese una revancha propia, mía, como si Havelange y la mafia napolitana y Codesal y Ferraíno me hubieran cagado la vida a mi, y yo les respondiera: miren, hijos de puta, estoy vivo y voy a ganar. Un adelanto del “ahora que la chupen”.

El segundo gol de Caniggia a Nigeria sirve como ejemplo de la idolatría de Diego: Caniggia se la pide desesperadamente, en una avivada, a Maradona, que primero le pide que espere y recién después se la da. La prensa hablaría del pase de Maradona y la avivada que tuvieron con Caniggia.

De lo del Dopping me enteré por mi vieja, que me llamó para ver la tele. Tenía un gesto grave, de madre que sabe que su hijo va a sufrir y quisiera evitarlo, pero que se resigna al hecho de que su hijo debe madurar. En la tele, Mónica y César, junto con el ruso de rulos que hacía las deportivas, hablaban de “un supuesto dopping positivo” que podía ser de Sergio Vázquez o de Diego Maradona. Juro que me ilusioné con que fuera de Vázquez. Y cuando se supo que era de Diego, juro que esperé delante de la tele el resultado de la “contraprueba”. Evidentemente, yo era un gil. Sin embargo, todavía se hablaba del caso “Calderé”, un gallego al que le habían dado un partido o dos por usar la misma sustancia: efedrina (entonces era la primera vez que la escuchaba nombrar). Finalmente, el Diego apareció hablando entre lágrimas, diciendo que lo habían separado del plantel y que le habían cortado las piernas. Yo también lloré. El mundial más festivo y el que más había sentido, ese que me tocó vivir en una etapa ninfal pajero/futbolera, terminaba en tragedia: Bulgaria nos pintó la cara y en ese partido se lesionó Caniggia (rarísimo). Rumania nos mandó de vuelta, pero el mundial había terminado antes. Paradójicamente, Maradona era cada vez más ídolo.


sábado, 27 de marzo de 2010

Mundiales

La llegada de los mundiales siempre me sorprende. En general, meses antes del comienzo de la copa, viene a mi cabeza un pensamiento del tipo: “uh, ya casi empieza el mundial”. Tengo una hipótesis para explicar esa insólita sorpresa ante algo que, en definitiva, está perfectamente anunciado (cada cuatro años hay uno). Creo que el olvido es una resistencia psicológica a reconocer el paso del tiempo. Algunos descubren el paso del tiempo en las arrugas de la cara, otros en la llegada del verano y las vacaciones, otros en el crecimiento de algún chico. A mi me llega, cada cuatro años, un mensaje brutal: el tiempo pasa demasiado rápido; ya llegó el mundial. Entonces desahuciado, pienso: qué bárbaro… si ayer nomás… ya pasaron cuatro años… que lo parió.

El primer mundial del que guardo una memoria cierta y propia -no heredada de historias escuchadas y partidos en diferido- es el de Italia 90. De Méjico no puedo decir mucho: algún recuerdo de mis viejos mirando un partido en el living, en un televisor Telefunken que debía tener 15 pulgadas, algún gol que recuerdo que se gritó, de los spots de Clemente y de un póster del equipo campeón que vino en la revista Billiken.

Pero el 90 fue distinto. Yo ya tenía 10 años y debo decir que fue la primera vez que le presté atención a Maradona y, tal vez, al fútbol televisado. Recuerdo el partido con Camerún, que fue después del almuerzo. Antes de empezar, Maradona hizo jueguitos con el hombro en la mitad de la cancha. Mi viejo dijo: “Qué genio, qué genio ¿Cómo no vamos a salir campeones del mundo con un genio así? Lo recuerdo como si fuera ahora. Está totalmente de más que diga que mi viejo era mi gran referente en temas de fútbol, por eso no entendía nada cuando el partido terminó 0 a 1. Me acuerdo que nos pasamos puteando las patadas que pegaron, en especial la que Makanaki le pegó a Diego en el pecho, impresionante. Para mi fue algo tremendo, no lo voy a olvidar más. Tampoco la impresión que me produjo Caniggia, que entró en el segundo tiempo.

El segundo partido fue con Rusia. Lo vi en casa, con mi viejo y un cliente de él, que ahora pienso que no debía tener la más puta idea de fútbol. Recuerdo el error del defensor en el raro gol de Burru, y la lesión de Pumpido. Nobleza obliga: el cliente de mi viejo dijo “este pibe es bueno” cuando Goyco entró. No se porque, yo a Goycochea lo conocía, aunque me sorprendió verlo sin gorra.

El tercer partido – con Rumania- cometí un retroceso a la infancia. Me fui al cumpleaños de mi primito – 2 añitos- dejando de lado el partido. Evidentemente yo era un chico que no había caído en la zoncera del fanatismo: ese era el partido definitorio. Pero me puse contento cuando me dijeron que habíamos pasado.

Y ahí empezó otro mundial: me acuerdo – estoy totalmente seguro- que el partido con Brasil fue un sábado. Y que todos pensábamos que Brasil nos iba a pintar la cara, cosa que efectivamente ocurrió. Recuerdo la paliza del primer tiempo, los tiros en el palo. Mi viejo – lo dicho, mi referente- dijo: “Vamos que hoy es San Palo”. A mi me gustó, por eso me acuerdo. Y después lo de Diego. Yo respiré aliviado: con razón, ese es Maradona. Mucho gusto, ídolo. Cuando terminó, lo festejamos en casa, mi viejo se reía de los brasileros que lloraban en la tribuna. En ese año 90 habíamos cambiado el televisor Telefunken por un Philco mucho más grande - ¡Con control remoto!- y habíamos puesto el cable, lo cual en Bahía Blanca era condición necesaria para ver el mundial por ATC.

Llegó Yugoslavia. Partido amargo. Para mi, ese partido se veía mal y fue aburridísimo. Nos anularon un gol. A pesar de que fue cuartos de final, no guardo muchos recuerdos. Salvo de los penales y de que Diego erró y Goyco atajó. Pero nada más.

El partido que más recuerdo es el que jugamos con Italia. Se vivió con un fanatismo ajeno a mi familia: porque se llenó la casa de vecinos y amigos de los vecinos. También estaba la genia de mi abuela, que decía cualquier boludez y nos hacía reír a todos. Me acuerdo de la silbatina al himno y de Diego puteando a los Napolitanos, del gol de Schillaci y de que, por primera vez en todo el mundial, alguien dijo: “estamos jugando bien, ojo”. Y después el gol de Cani y una jugada, que en realidad la recordé más tarde cuando la vi en youtube y me vino a la memoria, de Diego gambeteando Tanos y llegando al área, dándosela a Olarticoechea, que la tira apenas afuera. Me acuerdo como lo puteamos a Zenga y me acuerdo del penal de Serena. Después fue festejo, alegría. Al otro día, en la escuela nos sacaron a todos al salón de actos, a cantar “vamos, vamos Argentina”.

Después vino la final, sin Cani, y tampoco recuerdo tanto. Si del gol, la expulsión de Monzón y Desotti, la tristeza, las lágrimas de Diego y la medalla de subcampeón. Pero de lo que más me acuerdo es que yo había hecho una macumba para que Goyco siguiera atajando penales. Lo había visto en “El Contra”: poner un círculo de sal y un poco de ruda en el centro, con la foto de goyco. Yo tenía una foto que había comprado en el centro, de Goyco rezando antes de los penales con Italia. Hice la macumba. Es la primera vez que lo confieso: es probable que el gol de Brehmen haya sido mi culpa. En realidad, la culpa de Juan Carlos Calabró.

Anexo

Otras cosas que recuerdo: El gol de tiro libre que Yugoslavia le hizo a Zubizarreta, porque antes de que lo pateara dije que era gol. La cagada que se mandó Higuita. El bailecito Roger Milla. Las cabriolas de los negros en el partido Camerun-Inglaterra, y lo feo que era David Platt. Los goles de Thomas Skuravy y la definición de un grupo de primera fase tirando la moneda a cara y ceca.

sábado, 13 de marzo de 2010

Bioy y Crítica de la razón pura

En el prólogo a "Historias desaforadas", Bioy Casares escribió: "Cuando leí en 1936 0 1937 la "Crítica de la razón pura", de Kant, lo primero que pensé fue retratarme junto al libro, como una especie de testimonio de que lo había leído".
Cualquier lego - y, quien sabe, tal vez los eruditos- que hayan andado las páginas del monumental libraco, saben que Bioy no erraba al querer retratar su epopeya de lector. Es duro llegar al final de un libro del cual, se han comprendido solo algunas cosas, y las que se han comprendido sean, acaso, las menos importantes. Pero hay algo heroico en esto, que vale la pena.

sábado, 30 de enero de 2010

La oscura

Fue la parca imaginada,

horror corpóreo y andante,

del destino vigilante

con su guadaña afilada.


De negro paño ataviada,

la pavorosa osamenta,

arribando con la cuenta

de las horas terminadas.


Mas no es a ella que temo,

si no, a la más oscura:

la muerte en su forma pura.

La que figura al extremo


del hilo de nuestra vida,

la inasible por la mente

y ante la cual, impotente,

la letra está desvalida.


La muerte hecha de nada,

absurdo silente y lúgubre

que la razón no descubre

de su manto de ignorada.


Materia eterna o fugaz,

el alma es otro misterio

que no admite magisterio

que no peque de falaz.


Pues es en vano intentar,

sin incurrir en vergüenza,

escribir lo que se piensa

cuando se quiere mentar


a la inicua nada eterna

con su forma inabarcable

y su escenario inmutable

que al mortal hombre consterna.

miércoles, 27 de enero de 2010

Concepción mitológica de mi hijo/a

Sucedió que una tarde floral de noviembre
se unieron una cabra
más terca que el tiempo
y un jinete cazador de estrellas
montado en un burrito de felpa
y riendo estruendosamente por la ocurrencia
regaron la negra tierra dormida
de besos empujones abrazos cosquillitas

Y se abrieron respetuosamente
los mares solemnes
y callaron expectantes las cigarras
su aserradero de soles
y tropillas celestes y lilas
galoparon dulces melodías tenues
y durmió con sonrisas el ave en la rama
mecida por manos del viento del norte

Y al cabo de lunas de mármol de queso
de pluma de sal de aserrín
germinó en silencio
en la tierra que ardía
explotando entre dichas
una chispa de dioses
y un brote de jazmín besó en la frente
a la cabra caprichosa
y la mojó de aromas de primavera tardía
para que un ratón corriera en juegos
sobre la gramilla
y la luz se hiciera
esta vez en serio
al queseyocuanto día de la era de quiensabequien
sobre dos corazones que hasta ese día
tomaban tragos
de pena y alegría
de pena y alegría

martes, 26 de enero de 2010

La secretud del pensamiento

No se cuando lo descubrí; solo se que el hallazgo me significó una liberación. Era un niño cuando tuve la revelación extraordinaria de que nadie podía saber lo que yo estaba pensando. Qué pensar era una actividad silenciosa y oculta, que el pensamiento era un secreto, que mientras la cabeza pensaba te amo, la cara podía decir ni te registro y la boca podía decir ¿me prestás un lápiz negro? A partir de ese momento, aprendí a enamorarme sin vergüenza. También a juzgar y, sobre todo, a mentir: por la virtud de secretud del pensamiento, es posible la mentira. A partir de ello, toda persona es un misterio.
Más tarde, me di cuenta de que podía insultar a alguien desde el silencio de mi mente – poniendo la mejor cara de otario- sin que la otra persona supiera lo que yo pensaba.
Ciertas veces, insultaba y maldecía tan fuerte y tanto tiempo a alguien, que de repente salía del trance como sobresaltado, temiendo que mis pensamientos – por brutales, groseros y - hubiesen sido escuchados. Cuando descubría que esto no era así, la volvía a emprender a escupitajos cerebrales. Generalmente, los destinatarios eran profesores de la secundaria, aunque algún milico o cotidianos garcas han recibido mis silentes juramentos.
Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, albergo esperanzas, oculto líneas suprimidas, niego al improbable lector algunas de mis elementales ideas. Una parte de este post la conozco únicamente yo.

jueves, 21 de enero de 2010

Moral canina versus moral burguesa

Salgo de casa con los párpados todavía pringosos, casi soldados, por las lagañas de la siesta. Renato también dormía hace unos instantes, pero por esa extraordinaria – y un poco estúpida- vitalidad agradecida que tienen los perros cuando se los saca a pasear, ahora salta y ladra lleno de alegría. Lo llevo un rato con la cadena, hasta llegar a la plaza, donde lo dejo correr a su antojo e ir a jugar con sus amigos. Yo me distraigo con la edición de oro de “Todo Sudoku”: 143.956 Sudokus diferentes; un milagro de la combinatoria. Cuando levanto la cabeza, lo encuentro a Renato en una situación, como mínimo, comprometida: un rottweiller se le subió por el anca y le aplica bombeo repetido. No alcanzo a ver si hay penetración, prefiero seguir con el Sudoku. Al rato ya son varios los perros que se turnan para culearse mutuamente, y la cosa me termina pareciendo tal relajo, que me dispongo a proceder y al grito de “juira perro” disperso a la jauría orgiástica. Sin reproches, nos vamos. Renato no está ni más feliz ni más triste que si hubiera estado jugando a la pelota.
Cuando volvemos para casa, encontramos nuestro paso cortado por una manifestación: son una 100 personas, en su mayoría mujeres que seguramente hace rato que no pasan por las de Renato, con algunos carteles y pancartas. Leo que son activistas por los derechos de los animales.
-¿Qué pasa? – pregunto
- Un degenerado, un violador de perros. Abusó de una perrita viejita, la quiso violar el degenerado.
En eso un viejo -medio amariconado, por decirlo suavemente- pinta en la vereda unas frases que se supone que son ofensivas.
Renato me mira. Lo miro. No hay nada que explicar. El perro me mira. Estoy a punto de explicarle. Pero me deja de mirar. Entonces decido no explicarle nada.
-¿Y la perrita ya está bien? – pregunto

martes, 19 de enero de 2010

Desgarro

Yo me desgarré por primera vez jugando en la séptima, cuando todavía no había cumplido los quince años. Esto es, sencillamente, una aberración contra natura. Aquel día no pude hacerme a la idea de que aquel pinchazo significaba el obligado final del partido y seguí jugando con la esperanza de que la molestia se fuera sola. Eso terminó de agravar el asunto. El técnico no lo podía creer: era la primera vez que veía algo así en un chico tan joven. Así que la historia mía con los desgarros es larguísima, casi una convivencia cotidiana, ora en presencia del doloroso y cuasi postrador mal, ora en ausencia de lesión, pues esto significaba la constante compañía del miedo ante inminencia del mordisco futuro al primer esfuerzo.
El fútbol me apasiona. Lo aclaro aunque tal vez no haga falta, porque se debe adivinar. Crecí en compañía de una pelota (de varias, de muchas, pero me refiere a la idea, al concepto de pelota, que es una sola y eterna). Y solo me aleje del fútbol cuando los desgarros en el isquiotibial izquierdo así lo impusieron. De joven jugué con modestísima pericia como número 8 en un equipo de la liga comercial. Allí todavía podía alternar tres o cuatro partidos con otras tantas fechas de inactividad obligada, en las cuales respetaba reposos y destilaba el alcanforado aroma de las pomadas rubefacientes y analgésicas, cuando no caía en manos de algún kinesiólogo, que por lo general resultaba antes un apoyo psicológico que un verdadero aporte terapéutico.
Entonces, todavía jugaba – más o menos- la mitad de los partidos del año. Estaba en un equipo que representaba a “Automotores La Viela”, que logró el bicampeonato 1984-85. Con el correr de los años, las lesiones se volvieron más tiranas; es decir: más frecuentes y persistentes, y con eso alcanzó para sacarme definitivamente de las canchas, hecho al que eventualmente me resigné como ante un fatalismo personal que, en última instancia, era un mal menor. Pasados los treinta, todos tenemos alguna desgracia grande o pequeña: hay tipos que se infartan, tipos que devienen en cornudos, tipos que se funden, tipos que se vuelven trolos. Yo me desgarraba y eso me impedía jugar a la pelota. A pesar de lo que me gustaba el fútbol, sentía que el destino me la hacía barata.
La cuestión es que hace una semana se cumplían nada menos que 10 años desde aquel campeonato obtenido con el equipo, y una cadena de llamados y mensajes había concluido en la organización de un asado al aire libre, que como evento preliminar contaría con un partido con el viejo y clásico equipo rival: “Rulemanes Ortiz”. La invitación me cayó como un yunque en la frente, como un piedrazo en el pantano de mis recuerdos tristes sepultados, removiendo las viejas aguas de mis frustraciones dolorosas. La sola posibilidad de calzarme los cortos me llenó de espanto. No tanto por la eventualidad de un desgarro, si no por la certeza de las cargadas, dirigidas sin medida y sin conciencia contra mi autoestima mancillada durante una vida: si Aquiles tuvo un talón, yo tuve un isquiotibial izquierdo que me cagó la vida, que fue un flanco abierto para la penetración de la aguja del fracaso y la insatisfacción. Me lo imaginé nítidamente: llegando al predio de los telefónicos, en un día soleado y espléndido, entre abrazos y saludos, entre regalos generosos de “estás igual” -que tendrían su mentís más evidente en la árida calvicie o en el encanado níveo de las sienes- y anécdotas sobrevaluadas y condimentadas que harían la delicia de mujeres ricas en caderas y de niños de dientes recién estrenados y de púberes onanistas e imberbes, que no podrían entender que todo aquella alegría y ese agrandamiento retrospectivo no sería más que una farsa, porque el pasado no había sido tan divertido ni tan distinto de la ordinaria vida de estos días. Y luego vendría la hora de cambiarse, la pelota yendo de pie a pie, las pomadas inundando la atmósfera con su ofensivo aroma de alcanfor y mentol, las panzas en su máxima exposición estranguladas por el elástico del pantaloncito, los botines totalmente démodé, de cuero reseco y gastado de tiempo y patadas. Y, sin falta: las anécdotas de mis desgarros, entrando por mis oídos con una electricidad paralizante y contracturante que me recorrería de la nuca hasta el talón. Y algún hijo de puta insensible riéndose, y yo mismo sonriendo como un pelotudo con el alma rota y el gesto indolente. Y el Ruso Pancasky elongando los isquiotibiales sentado en el pasto, tensándolos como una cuerda de guitarra, arqueándose como un mimbre hasta apoyar la pera en el muslo, hasta que parece que en cualquier momento se va a cortar, que no va a resistir más esa tensión imposible y como un elástico se va a volver a enderezar y la puntita de los pies se le va a ir para arriba y en ese momento – no se como puede ser de otra manera cuando se te corta la cuerda posterior – se le va a escapar un pedo, como mínimo notorio, cuando no estridente. Y el gordo hijo de puta de Vucich, todo lo contrario: pateando como un burro sin calentar ni elongar, jugándola heroicamente a suerte y verdad, como cuanto tenía veinte años, con la suerte de jamás haber tenido un solo desgarro.
Yo calentaría prolongadamente, elongaría esforzada y cuidadosamente, evitaría la pelota hasta estar bien seguro de mi correcta flexibilidad, y recién después me atrevería a unos trotecitos más sueltos, a algún pase largo, quien sabe si un tirito al arco, pero siempre temblando ante la posibilidad de que tire, de que se contracture, de que se ponga como una piedra o que pinche como un bisturí y me mande afuera: a soportar el escarnio, la mofa, el picoteo chismoso de las gordas diciendo “los años no vienen solos” o alguna pelotudez de esas, a lo cual yo querría explicarles mi dolor y mi frustración o, mejor, mandarlas a lavar los platos o a jugar a la escoba. Y algún turro de esos que ya no pueden jugar, porque tienen la rodilla rota o la panza exuberante, que vienen a preguntarte que te pasó, como queriendo sumarte al club de la veteranía y el ostracismo futbolero. Capaz que tenía suerte y podía empezar el partido. Quien te dice, 10 o 15 minutos buenos, casi a punto de olvidarme del asunto, disfrutando otra vez como cuando pibe, y de repente, en una pelota muy pelotuda en posición de cuatro, queriendo cambiar el ritmo y lanzarme en un pique idiota a ningún lado, tac, el tirón categórico y el aullido correspondiente y el desgarro – ahora si- propiamente dicho, de varios milímetros, con hematoma y todo. Y salir de la cancha con una pata en el aire y la cabeza gacha, colgado de los hombros de dos compañeros, con el rostro hecho una muesca espantosa de dolor. Y el hijo de puta Vucich o de Polenti, cagándose de risa, diciéndome: -Tu historia es desgarradora- y todos riendo a carcajadas.
Por eso cuando sonó el celular y vi que era el gordo Almirón, preferí no atender. Y cuando me llegó ese mensaje de la chancha Vucich –hijo de puta, no te vas a reir de mi- no lo contesté. Hasta me escondí cuando me golpearon la puerta. Alguno dijo: ¿No habrá cagado fuego este? Pero no. Yo, la vergüenza de un desgarro, no la vivo más ¿Para qué regalarle al mundo otra escena de mi absurdo sufrimiento, de mi castigo perpetuo, si los hijos de mil puta no pueden entender mi martirio? Hubiera estado bueno comer un asado, pero de mi no se ríen más.

viernes, 15 de enero de 2010

Fatiga, desidia

Hace tiempo que lamento cronicamente esta fatiga, esta desidia ¿Será casualidad que caiga ante mis ojos el cuento "Escritor Fracasado", de Roberto Arlt? Después de leerlo estoy casi seguro de que nunca en mi vida escribiré nada que valga la reputísima pena.

jueves, 7 de enero de 2010

Familia Arltiana

Una de las causas por las que me gusta la literatura argentina es porque en ella encuentro siempre pasajes que me nombran, que enuncian en la forma de literatura mis días o los días de un pasado que no viví pero que mil veces he oído, hasta convertirlo en mío.
El otro día, escuchando los cómicos dislates de mi abuela – naturalmente, siempre anclados al pasado- pensaba que en mi linaje es absurdo buscar patios ajedrezados y rejas de fierro, aljibes y caserones del diecinueve, guerreros heroicos y nobles patricios. Más vale buscar conventillos y potreros futboleros, historias de vías y trenes, de putas tísicas y borrachines resignados, de anarquistas libertarios y comunistas recitando sus verdades en cocoliche. Historias oscuras y llenas de ocultamientos: de una moral humilde pero rígida – y por tanto siempre desbordada-, con mil vergüenzas y tabúes, con secretos familiares acaso menos dramáticos que lo que la abuela piensa, con malas palabras que no había que decir pero que siempre se escapaban. Con misterios que nadie nombraba mas nadie ignoraba. La cándida moral de la gente humilde de principios del siglo 20 merecería un lugar en la lista de los tesoros amenazados.
Pensaba que sin dudas mi familia es más Arlt que Borges, más vida que mármol, más mártir que guerrero.