jueves, 21 de enero de 2010

Moral canina versus moral burguesa

Salgo de casa con los párpados todavía pringosos, casi soldados, por las lagañas de la siesta. Renato también dormía hace unos instantes, pero por esa extraordinaria – y un poco estúpida- vitalidad agradecida que tienen los perros cuando se los saca a pasear, ahora salta y ladra lleno de alegría. Lo llevo un rato con la cadena, hasta llegar a la plaza, donde lo dejo correr a su antojo e ir a jugar con sus amigos. Yo me distraigo con la edición de oro de “Todo Sudoku”: 143.956 Sudokus diferentes; un milagro de la combinatoria. Cuando levanto la cabeza, lo encuentro a Renato en una situación, como mínimo, comprometida: un rottweiller se le subió por el anca y le aplica bombeo repetido. No alcanzo a ver si hay penetración, prefiero seguir con el Sudoku. Al rato ya son varios los perros que se turnan para culearse mutuamente, y la cosa me termina pareciendo tal relajo, que me dispongo a proceder y al grito de “juira perro” disperso a la jauría orgiástica. Sin reproches, nos vamos. Renato no está ni más feliz ni más triste que si hubiera estado jugando a la pelota.
Cuando volvemos para casa, encontramos nuestro paso cortado por una manifestación: son una 100 personas, en su mayoría mujeres que seguramente hace rato que no pasan por las de Renato, con algunos carteles y pancartas. Leo que son activistas por los derechos de los animales.
-¿Qué pasa? – pregunto
- Un degenerado, un violador de perros. Abusó de una perrita viejita, la quiso violar el degenerado.
En eso un viejo -medio amariconado, por decirlo suavemente- pinta en la vereda unas frases que se supone que son ofensivas.
Renato me mira. Lo miro. No hay nada que explicar. El perro me mira. Estoy a punto de explicarle. Pero me deja de mirar. Entonces decido no explicarle nada.
-¿Y la perrita ya está bien? – pregunto

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Piedad