viernes, 17 de abril de 2009

3 borgianos

Eran días en los que la vida era jodidamente Borges: leía sus páginas de gloria inefable (¡ Odiaste este calificativo, viejo carcamán!) mientras mi gobierno peronista era atacado por la laya inmunda de los oligarcas que raramente lo leen y prontamente lo aman, apenas por el confuso mérito de haber sido gorila. Escribí estos textos con afán plagiario; negarlo sería tan estúpido como obcecarme en negar mi pobreza literaria.
Amo al gorila Borges; si no existiese un Marechal contrapuesto, yo no sería peronista; su contundencia "supra naturae" concita mi respeto perpetuo. Siento que prologo innecesariamente; los invito a leer mis tres tristes y trémulos tratados borgeanos:


miércoles 2 de julio de 2008, EL MOSCARDON Y LA PALABRA

El aleph: la divina percepción

Misérrimos los días de nuestro conocimiento. Condenado todo apronte de indagación metafísica a la categoría de vanidad literaria, nos apura el vicio de conocer detalles irrelevantes del mundo fenomenológico y realizar precisas cuantificaciones de lo prescindible, sin preocuparnos lo suficiente de las cuestiones elementales y primeras. El origen del todo -verbigracia: el Universo- ya no reposa en la profética enunciación de iluminados; se ha despeñado al poco agraciado terreno de la ciencia, que, con su bagaje de métodos e impotencias, arruina la belleza y propone el fárrago. Hoy no me espantaría si al preguntar a cualquier parroquiano -si llegara el improbable caso de indagar en torno de estas cuestiones – sobre la cuestión del origen del Universo, alguno gambeteara los increíbles argumentos teogénicos para espetarme la incomprensible posibilidad de una explosión primaria, que una contravenida descalificación, involuntaria y didácticamente, bautizó para siempre como big bang.Si he de aceptar mis limitaciones de lego, al menos tengo para mí que los sabetanto que descollan con ecuaciones y modelos y que se postulan capaces de desglosar el orbe, comparten conmigo la imposibilidad de imaginar lo que ellos mismos proponen: la cacofónica teoría remite a un inicio universal -fortuito y finito- a partir de una singularidad espacio-temporal inadmisiblemente densa. Es decir: un concentrado, denso y caliente, de la totalidad del espacio y tiempo del universo. Si enrolara de evaluador o inquisidor, demandaría: grafíquelo o, mas indulgentemente, siquiera explíquemelo. Descuento que no podrían convencerme.Culpable de su incapacidad sería su natural -humana- prisión perceptiva o, tal vez, el tal Immanuel Kant. ¿Cómo concebir fenómenos fuera del espacio, fuera de la sucesión o la simultaneidad en el tiempo? ¿Cómo -¡Oh, mortales!, podemos imaginar algún elemento sensible fuera de esta regla, de esta limitación, de esta necesidad? No hay forma.Indaguemos: la figura de una materia elemental (que es mas que eso, pues es, a su vez, el tiempo) que existe, antes del todo y entonces en la nada; antes del tiempo, y entonces... ¿en qué? ¿El todo contenido en un infinitesimal rincón de la nada, a la azarosa espera de una divina voluntad dinamitera? (perdone el lector mi exabrupto; busca, mi ignorante angustia, reposo en calmas celestiales).La “imagen” es, cual ninguna, inasible. Así lo entendió Borges (quien desconoció sabiamente la grandilocuencia cientificista) y, a pesar de la reconocida imposibilidad, arremetió con un cuento que transcurre en Buenos Aires y que añora inmortalidad: El Aleph, “el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Me interesa mucho menos bravatear contra los físicos y astrónomos que proponen el big bang, que evocar la calidez de estas páginas fantásticas. El Aleph, perdido por una precisa voluntad de azares en el sótano de una vieja casa, desespera (burla) al pobre escritor: “¿Como transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abraca?” y, sobre todo: “... el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese gigantesco instante, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición ni transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo, lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es.” Me atrevo a proponer que la aclaración de imposibilidades bien podría ser obviada; antes que nada: todos los hombres somos bien Kantianos, Borges era un hombre; luego: ni él ni nadie podría, con la rudimentaria y humana palabra, hacernos concebir el infinito del tiempo y el espacio, la eternidad y el universo .El Aleph o aquella singularidad espacio-temporal primera, son una visión reservada únicamente a los Dioses, aquellos que, inmortales y sobrehumanos, escapan a la cárcel espacio-temporal de la percepción y logran ver el todo sin sucesión ni simultaneidad ni distribución ni relaciones: El todo pasado y presente y el eterno porvenir; todo lo que ocurre u ocurrirá, y también lo que se trunca por una causalidad de efecto imperceptible. La percepción desde todos los ángulos y desde ninguno. El descubrimiento ya no del fenómeno, si no de la cosa en si misma (¡Inconcebible noúmeno!) que nos está vedado a los imperfectos mortales. De allí que descarto los esfuerzos de científicos y perdono a Borges y exijo indulgencia con este confuso dislate: me he puesto a husmear los aromas de la fruta prohibida, la que no probará mi boca.

miércoles 25 de junio de 2008, EL MOSCARDON Y LA PALABRA

El Universo: símbolo de la biblioteca

Borges imaginó una imposible biblioteca. A falta de alegatos mejores (ningún mortal los encontraría), decidió equipararla al Universo. En aras de rigurosa certeza, usar una denominación o la otra, es lo mismo. La Biblioteca estaba compuesta por un número indefinido - tal vez infinito- de galerías hexagonales. “La biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible”, escribe Borges. Ergo: la Biblioteca (o el Universo) son infinitos en su extensión espacial. El centro de lo infinito es cualquier punto o ninguno; su límite, lo inaccesible, lo imposible. E infinita es su existencia temporal, aquello para lo que existe el inasible vocablo “eternidad” (“La Biblioteca existe ab aeterno”). Sin principio entonces; sin principio ella ni su Dios creador.Una confesión previa (Historia de la eternidad, 1936) nos permite entender mejor al autor (acaso un Dios detrás del Dios que alumbró la Biblioteca): “Yo suelo regresar eternamente al eterno regreso…” Y eso es lo que hace al proponer la condición de que el número de símbolos ortográficos presentes en los libros se limita a 25: las 22 letras del alfabeto, el espacio, el punto y la coma. De resultas de esto - y del hecho de que en la Biblioteca no hay dos volúmenes idénticos- se llega a la conclusión de que la biblioteca contiene “un número vastísimo, pero no infinito” de combinaciones. Cómo en el Universo condenado a repetición de Pitágoras o de Nietzche o –lícitamente- de Borges. Una brillante solución se ofrece a nuestro goce: “Digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar – lo cual es absurdo-. Quienes lo imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden).”


Someday...

Acerca de la realidad y el universo , EL MOSCARDON Y LA PALABRA

Asumamos la realidad material del entorno que percibimos, es decir: asumamos que nuestra percepción de la materia refleja algo real; seamos, al menos como ejercicio intelectual, materialistas. Ahora bien: cumplida la condición exigida a priori, analicemos la cuestión del tiempo. Aceptemos las tres caras del fenómeno tiempo: pasado, presente y futuro. No puede hablarse de otras instancias según nuestra percepción del tiempo. Analicemos su existencia y veremos rápidamente lo siguiente.1) El pasado es lo que fue, es decir: no es. En todo caso, simplificando, ya no es: si fue y porque fue, definitivamente no es; no existe más que en nuestra memoria, y nuestros recuerdos no pueden ser considerados nunca como entes materiales.2) El futuro es lo que será, es decir: no es. Si será, es porque no es, no existe, digamos que todavía. Y la verdad es que, a menos que creamos que existe veracidad en aquello de que existe un destino y una historia predeterminada (cuestión del todo absurda), debemos asumir que el futuro no es y no es y no es.3) Sólo queda el presente, el tiempo verbal ayuda: el presente es lo único que es. Sigamos aceptando condiciones: el tiempo es infinito. Y como toda serie infinita, es dable de dividirse en infinitas partes, y cada una de las partes resultantes es a su vez divisible en infinitas partes. Ejemplo: tomemos un “segmento” de tiempo, pongamos que una hora. Esta es divisible en 60 minutos, y cada minuto en 60 segundos, y cada segundo en 10 décimas de segundo, y cada décima en 10 centésimas y si queremos podemos seguir, hasta la millonésima, billonésima… así hasta la infinitésima fracción de tiempo.Una fracción infinitesimal: eso es el presente, eso es lo único cierto. El resto queda de un lado o de otro; terreno de ficciones, recuerdo o imaginación, terreno de inexistencia.Es probable que esta hipótesis no sea mía y provenga de lecturas pasadas, cuyo origen no puedo precisar. En todo caso, me valdré del argumento Cartesiano que reza: “No se puede imaginar nada, por extraño e increíble que sea, que no haya sido dicho por algún filósofo.”Y, puesto en negar la posibilidad de cualquier idea original, creo que tampoco puede imaginarse que ninguna de las interpretaciones, percepciones e ideas de los filósofos no haya sido antes pensada por algún hombre cualquiera, en un lugar cualquiera de un tiempo cualquiera.